domingo, 11 de mayo de 2008

SINCERA INVITACIÓN A SOLEDAD

Normalmente Soledad llegaba a mi casa sin ser invitada, me sorprendía revisando cajones, hojeando albunes de fotos, distorsionando el volumen del estéreo para cantar por el pasillo a grito desamparado. Dice que hasta pena ajena le daba verme como cohinilla miedosa, echa bolita en algún rincón del baño, con la luz apagada. Nunca le he explicado que mi resguardo era estratégico porque me quedaba a la mano el rollo de papel para limpiar mis moquientas tristezas sin restricción y asumir que se irían al caño al ritmo del "chalala la la la la" del remolino del escusado. Hubo años en que la muy encajosa se instalaba conmigo por largas temporadas. De día me inmovilizaba con su presencia espesa y acaparadora. Compartíamos cama, y en madrugada me jalaba las cobijas para despertarme y recordarme que ahí estaba cerquita de mi. Ella no come mucho, pero es experta y lo presume, en recitar recetas de cocina o en anunciar productos chatarra con tal emoción que incita a cualquiera a correr a la tiendita a comprar un paquete familiar de roles de canela y que la mente olvide que esos seis panecillos debían haberse compartido con otras personas. Es la típica amiga controladora que quiere decidir todo por ti, y tan amargada que no se ríe sinceramente en las fiestas, no toma nada, ni baila salsa.
Aún así aprendí a conocer su lado bueno. Entiendo que hay que espaciar nuestros encuentros y sobretodo escuchar con lápiz y papel en mano lo que va diciendo porque tiene una inteligencia difícil de sustituir. Aveces me invita un café y otras me llama al celular y platicamos largo y tendido. Por razones honestamente inexplicables y por causas totalmente intangibles, hace tiempo que me dí cuenta que tenía que tomar la iniciativa e invitarla.
Así que hace unas semanas le mandé un telegrama y respetando la brevedad que requería mi mensaje le puse: te invito a mi casa. te espero distinta. Yo no soy la misma , estoy segura de que ella tampoco. Esta por llegar y se que nos vamos a divertir.
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