lunes, 27 de octubre de 2008

¡Ay Andrés!

La opinión de Ricardo Raphael
27 de Octubre, el Universal

Hubo un día en que muchos compartimos tus razones y tus causas. Era más que legítimo exigirle a la política mexicana que se convirtiera en un poderoso instrumento para la inclusión democrática.
Supiste como pocos denunciar la concentración del dinero y del poder que prevalece en nuestro país; señalaste dónde se encontraban los principales nudos autoritarios; advertiste que no habría verdadera transición en México si el Estado continuaba siendo rehén de los grupos poderosos de siempre.
Desde que ganaras aquel infame proceso de desafuero impuesto por el presidente Fox y los legisladores, tanto del PAN como del PRI, lograste convencer de la viabilidad de tu proyecto político.
¿Recuerdas todavía aquellas primeras semanas del año 2006 cuando llevabas una delantera de 10 puntos en las preferencias electorales? ¿Qué ocurrió contigo desde entonces?
Primero extraviaste, punto por punto, la distancia que te hubiera asegurado la Presidencia. Después hiciste que muchos de tus votantes se arrepintieran de haberte considerado. Luego rompiste con una fracción importante de tu propio partido. Y finalmente has terminado maltratando al núcleo de intelectuales que hasta muy recientemente se la hubiera jugado contigo.
Tu liderazgo político está a punto de alcanzar la misma estatura que hoy tienen en México fuerzas como el EZLN o el EPR. Voces apenas audibles en nuestro espacio público, cuya capacidad para transformar al país es casi ninguna.
Podrías seguir culpabilizando a tus adversarios por esta tragedia. Al pérfido de Fox, al “espurio” de Calderón, a las mafias del PRIAN, a los bandidos de cuello blanco, a los medios de comunicación, a la mediocre burguesía mexicana, a la insensibilidad de los pobres del norte, al país entero por no haber sabido aquilatar lo que tú representabas.
Sin embargo, la cantaleta del político abusado por sus enemigos hace ya tiempo que perdió simpatía entre quienes te siguieron.
Desde un principio resultó obvio que tus razones y tus causas iban a encontrar una fuerte resistencia y precisamente por ello era necesaria la mayor de las inteligencias estratégicas.
En su día lograste convencer, no sólo por la fuerza moral de tus argumentos, sino por la habilidad que mostraste para impulsarlos dentro del rudo juego electoral.
Sin embargo, la derrota comenzó a acosarte cuando tú mismo te colocaste entre esos argumentos y su viabilidad política.
La extinción de tu liderazgo se explica porque no pudiste cumplir con las expectativas que despertaste. O peor aún, porque con tu errática conducción convenciste de que las causas de la izquierda no eran posibles.
Desde la derecha te han acusado de ser un peligro para la República. La historia reciente ha demostrado la falsedad de esta premisa: ni antes, ni ahora representaste un peligro para el país.
Sí has representado, en cambio, un peligro para la izquierda mexicana. Las tácticas que emprendiste para defender tu liderazgo terminaron convirtiéndose en monumentales errores estratégicos.
Hoy has dejado a esta identidad sociológica sin un liderazgo fuerte. Con las acusaciones que lanzaste hacia los tuyos se quebraron los puentes del entendimiento que comunicaban al complejo archipiélago de las izquierdas. Más grave aún, ayudaste para que la desconfianza se instalara entre sus integrantes.
Nada es más costoso para una fuerza política que padecer desconfianza y división internas. Las pasadas elecciones en Acapulco demostraron la sordera perredista frente a ese principio tan obvio. Y anunciaron el predecible porvenir de esta expresión social.
Gracias a ti, la izquierda estuvo a nada de colocarse a la cabeza del nuevo sistema político mexicano. Hoy es justo señalarte también como uno de los grandes responsables de evitar que esa circunstancia se materializara.
El mayor de los males se encuentra en las expectativas no cumplidas. Por eso son ahora los tuyos quienes más enojo y rencor te guardan.
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