lunes, 24 de noviembre de 2008

ARTÍCULO DE PATRICIA MERCADO EN EL UNIVERSAL


Por una izquierda ciudadana
24 de noviembre de 2008


¿Dónde quedó la Revolución Mexicana? La respuesta corta es que alcanzó la cúspide con las reformas señeras del general Lázaro Cárdenas a fines de los 30, que permitieron definir el perfil de un Estado y de una nación. Después la Revolución se congeló en un largo periodo donde se ofreció estabilidad económica a cambio del gobierno de un partido hegemónico que administró una democracia restringida.

La dos vías centrales a través de las cuales se expresó la Revolución Mexicana: justicia y libertad, que constituían los ejes de la llamada democracia social, pronto demostraron sus limitaciones. Una democracia social que no era democrática ni era social. Clientelismo, manipulación, fragmentación social, impunidad y cinismo se convirtieron como en la decadencia del régimen soviético con Brezhnev, en los “valores” que presidían el discurso y la acción política.

Sin embargo, abajo en las entrañas de la sociedad se configuraban alrededor de esos dos valores históricos: justicia y libertad, una vasta cantidad de movilizaciones sociales. Desde el movimiento estudiantil de 1968, pasando por las luchas obreras y campesinas de los 70 y la explosión de auto-organización popular a raíz de los sismos de 1985, desembocaron en un multiforme mosaico de luchas cívicas en los 80 y los 90 que dieron su impulso decisivo a las reformas electorales señeras de 1977. Veinte años después se logró primero un Congreso multipartidista, gobiernos de los estados en manos de partidos políticos distintos y, finalmente, en el 2000, la alternancia.

Frente a la visión ingenua de quienes suponían que la alternancia por sí misma generaba condiciones irreversibles para la profundización de la democracia, muchos advertimos que las constelaciones autoritarias que sobrevivían al régimen de partido único en los sindicatos, ejidos, asociaciones profesionales y empresariales en el marco de una cultura política caracterizada por un pragmatismo utilitario sin compromiso ético, constituían las bases materiales desde las cuales podría generarse una restauración conservadora.

Para la izquierda el viejo dilema entre comprometerse con la democracia desechando formas de lucha que la socaven, que fue en buena medida resuelto rechazando la lucha armada, encontró una nueva manera de expresarse ya en el contexto de los regímenes de la alternancia. ¿Es válido para llegar al poder constitucional utilizar cualquier método de lucha? ¿Es válido desarrollar redes de clientelismo, mecanismos de corrupción que van más allá de lo material y terminan corrompiendo el lenguaje; a partir de la peregrina justificación de que “la política así es”?

Un grupo de compañeras y compañeros expulsados por la partidocracia creemos en otra política y en otra manera de hacerla, construirla y desarrollarla. Creemos en una política ciudadana que asuma como sus valores centrales la justicia, la libertad, la tolerancia y el respeto a la diversidad, el Estado laico y la competencia. Pero sobre todo apreciamos el valor central de una ciudadanía libre: la autonomía para pensar, optar, actuar, proponer y decidir. La autonomía construye ciudadanía como forma central de enfrentar una cultura política añeja que se basa en las clientelas, en la manipulación y en el acarreo. Esto fue lo que expresamos en el evento en el Monumento a la Revolución, el pasado 17 de noviembre, al lanzar el Movimiento Alternativa. La inmensa manta que cubría parte de este monumento expresaba en síntesis nuestras convicciones. Nuevas reglas para la política que impliquen menos peso en las decisiones a la partidocracia y más a los ciudadanos. Un énfasis en la idea de evolución frente a la idea de revolución y que implica una ruptura cultural con esas visiones que hacen frecuentemente incompatibles justicia con libertad.

Para nosotros la democracia es el piso mínimo desde donde las diversas ofertas políticas deben dialogar. Dos rupturas se requieren. Frente a la vieja cultura política oponiendo un compromiso ético que se sella en la deliberación con la ciudadanía y en la fiscalización de las autoridades. Frente a la idea una revolución permanente e ininterrumpida, con un proyecto nacional que parta de los saldos incumplidos y sea animado por el convencimiento que lo que hagamos para construir un país digno, democrático y justo dependerá de nosotras y nosotros, la ciudadanía, y no de un mito que se nos presenta como destino inexorable.

http://alternativamovimientopolitico.com/

Dirigente de Movimiento Alternativa

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