miércoles, 17 de diciembre de 2008

Ciudadanos anti-políticos y políticos anti-ciudadanos

Arduas discusiones he tenido estas últimas tardes sobre el impacto "real" que puede tener la participación política de los ciudadanos si se mantienen al margen del sistema de partidos o de ocupar un cargo público en cualquiera de los tres poderes. 
La primera de las falsas premisas que estanca la discusión, es asumir que cuando se habla de participación ciudadana se hace referencia a los espacios de las organizaciones de la sociedad civil, a la acción doméstica-vecinal-comunitaria, a la denuncia cibernética y a la discusión académica que se mantienen ajenos al qué hacer político. 
La segunda premisa es consecuente con la primera, y asegura que que sólo se es político si se pretende incidir en el espacio público desde el gobierno.
Así que pareciera que si se es ciudadano no se tiene poder y si se tiene poder no se es ciudadano.
No me es ajeno el desprecio de muchos políticos por lo que podríamos llamar falsamente causas ciudadanas, que en realidad son las causas de los ciudadanos que, en un sistema como el nuestro, no tienen posibilidades de tomar decisiones públicas. Pero tampoco es poco común el desprecio de muchos ciudadanos por la política.  
Desde mi punto de vista, lo último es más comprensible, en tanto la política ha sido monopolizada por actores que una vez en el poder o incluso desde que aspiran a él, procuran sus intereses propios sobre los de los gobernados. 
Y creo que la mayoría de las discusiones sobre el poder, su mal uso y su virulento vicio de ambición es ya muy trillado. Quizá la clave está en la falacia de que el buen ciudadano es el que permanece más alejado de la política. Quizá sea el hecho de asumir que lo político esta necesariamente contaminado, lo que genera que sólo unos cuantos tomen las decisiones importantes y el resto desde su posición de "buen ciudadano" no tenga más que resignarse.
Me niego no sólo a discutir sino a actuar en ese contexto maniqueo. Los ciudadanos tenemos posibilidades reales de incidir en el espacio público, en la amplia extensión de la palabra. Los ciudadanos estamos capacitados para discernir, rechazar, proponer, modificar, presionar y conseguir resultados. Habrá que perderle el miedo a ser político y habrá que pensar en que la política no está limitada a ocupar cargos de elección popular o del servicio público. Y para ser congruentes habrá que asumir también que quien gobierna no pierde su calidad de ciudadano.
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