jueves, 12 de marzo de 2009

Firmar empodera...Dejemos de hacernos pendejos


De chica me gustaba jugar a la oficina. Mis hermanas y yo habilitabamos en el estudio, una oficina tipo "Mi secretaria" (programa de los 80´s que se transmitía en el canal 2 y tenía como protagonista a Pompín Iglesias) con mesas botaneras, sillas del comedor, sellos viejos, algunas plumas fuentes y eso sí muchas hojas de papel (con el grabado de la UNAM en las que mi papá aplicaba los exámenes de sus alumnos). Un par de horas las dedicabamos a hacer recibos de luz, agua y teléfono, después tomabamos café con leche y choco roles, y regresábamos a firmar y a sellar. Esa era la parte más emocionante del juego. Implicaba autorizar, comprometer, decidir. Después repartíamos los recibos en todos los buzones del edificio, y nunca recibimos quejas.

El caso es que recuerdo que firmar para mí es un evento. La firma se ensaya por mucho tiempo, se duda si poner iniciales, acentos, garabatos, claves. Como sea, firmar es un acto de audacia tanto en asuntos privados (iniciar, registrar, concluir) como en públicos (aceptar, renunciar, asociarse).

Hoy pasé la mañana transcribiendo los nombres de quienes firmaron en original la petición DHP*001, para incluirlos en el documento que se entregará a la Cámara de Diputados, y es impresionante como se ven los estados de ánimo de los firmantes. Están los que con temor ponen el nombre medio ilegible, los que recargan la pluma con la firmeza de su indignación, los que firman encima de las firmas de otros, mismos apellidos de hermanos y parejas que comparten la causa, etc.

Firmar es un asunto de identidad. Hay señores que no le dan importancia al asunto y falsifican firmas para alcanzar sus bajos intereses, ya tendrán ustedes en mente ejemplos varios.

Por lo pronto me doy cuenta que si firmar como individuo es comprometedor, firmar como colectivo empodera a los ciudadanos.

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