jueves, 25 de noviembre de 2010

Llamado a la intolerancia. Mi artículo en La Silla Rota



México, como Gabón amanece diariamente inmerso en un ambiente de tolerancia y complicidad a la corrupción. El sol sale en Gabón y el 40% de su población sigue sin poder cruzar la línea de la pobreza (Transparencia Internacional). Mientras, en México anochece y el 47.4% de la gente permanece sin cubrir sus necesidades básicas (INEGI 2010).

Gabón está ubicado en el oeste de África Central. Limita con Guinea Ecuatorial, Camerún, la República del Congo y el golfo de Guinea. Ahí nació Gregory Ngbwa Mintsa, uno de los tres activistas que recibieron el premio a la integridad en la 14 Conferencia Internacional Anticorrupción. Ha luchado contra la malversación de recursos públicos a manos del presidente Omar Bongo y sus familiares.

Tras denunciar que la familia presidencial tenía 39 propiedades y 70 cuentas bancarias en Francia, ignoró su miedo y se unió a Transparencia Internacional para realizar una investigación contra varios presidentes africanos sospechosos de fraudes de alta escala a nivel internacional.

Escuchar a Mintsa pone la piel de gallina. Es un testimonio valiente de un ex servidor público que enfrentó el encarcelamiento injusto y la suspensión inexplicable de su salario con tal de no permitir un acto de impunidad como tantos de los que consentimos en nuestro país.

Me fue imposible no pensar en Arturo Montiel a quien protege Enrique Peña Nieto pese a los seis millones de dólares que la Secretaría de Hacienda detectó que poseía en propiedades tanto en México como en España y Francia. Brincaron a mi mente los invisibles peces grandes que Fox prometió pescar y que no fueron más que unas almejitas menores. El niño verde vacacionando con amigos por Mónaco a costa de los recursos públicos, Godoy vinculado al crimen organizado y sentado en un curul del congreso, que mereciera solo una mujer o un hombre honorable.

En la clausura de la Conferencia los participantes lanzaron varias preguntas a la mesa. Algunas quedaron resueltas y otras multiplicaron las interrogantes. En una de sus participaciones Cobus de Swardt "Transparencia Internacional" comentó que quienes nos gobiernan son gente común y que el discurso de hacer una diferencia entre unos y otros puede ser maniqueo. Insistió en que en un país democrático, la gente común es la responsable de los políticos que elige. Pensé entonces en el caso de nuestro país, y creo que las opciones con las que contamos para elegir están drásticamente acotadas por las reglas políticas y los acuerdos que toman dentro y entre los partidos políticos.

La posibilidad que tenemos para optar por candidatos íntegros y dispuestos a servir al país más que servirse de él, es estrecha, pero existe al fin y al cabo. Nuestra responsabilidad recae en tolerar a aquellos que cometen abusos, desvíos y corruptelas. Una de las fallas está en aguantar la complicidad de presidentes y expresidentes, candidatos y exgobernadores, legisladores y jueces, dirigentes de partido y magistrados electorales. Sobre todo aguantamos la corrupción entre gente común y gente común.

Hay algo en la complicidad que nos acomoda. Puede ser miedo a perder las condiciones actuales porque el cambio de reglas implica siempre un reacomodo en el que habrá que ceder. Estar dispuesto a reducir los arreglos de corrupción requiere soltar avaricia y confiar en que a todos nos conviene un juego más justo.

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