viernes, 20 de abril de 2012

Entre el voto nulo y la resignación

En las elecciones del 2009 el voto nulo o voto en blanco se convirtió en un fenómeno de articulación ciudadana y protesta contra la partidocracia que monopoliza el acceso y el ejercicio del poder. Nadie se imaginaba que la anulación superaría el millón de votos, resultando incluso la cuarta opción —si se le puede llamar así— más votada a nivel federal y la tercera en algunas entidades del país. Las redes sociales fueron el espacio vinculante para que nos comunicáramos, promoviéramos entre indecisos y abstencionistas la acción de acudir masivamente a las urnas para manifestarnos hartos de un sistema de partidos que despilfarra recursos en campañas de candidatos y partidos, con los que un amplio grupo de ciudadanos no nos identificamos. Fue un llamado para renovar el sistema político buscando que priorice los derechos políticos de todos los ciudadanos sobre las facultades de aquéllos que militan en los partidos políticos. Seguramente existieron otras razones por las que varios decidieron anular su voto, aun sin atender la propaganda organizada que surgió espontáneamente en la mitad de los estados de la República. El 12% que alcanzó el voto blanco en Ciudad Juárez evidenció el hastío de una población sin alternativas políticas. Semanas antes de la jornada electoral las campañas anulistas empezaron a ser atendidas en algunos medios de comunicación, lo que obligó al IFE y a los representantes de partido a pronunciarse al respecto. Les sobró desdén y hasta se les escurrió la ignorancia. Algunos insistieron en que era ilegal, otros en que no tenía ninguna repercusión sobre el registro de los partidos y algunos más en que no se distinguirían los votos anulados, por errores en la boleta, de aquellos emitidos a conciencia. Lo que vino después de 2009 fortaleció la organización de los grupos que se identificaron como promotores de derechos políticos y que han impulsado la materialización de una reforma política que sigue siendo utopía. La partidocracia también quedó reforzada negándonos durante estos tres años la posibilidad de tener un sistema de partidos con ofertas más cercanas al electorado y un sistema político más creativo y abierto a la participación cotidiana de ciudadanos. Convirtieron lo que pudo ser una reforma política en promesas minimalistas saturadas de candados absurdos. Nos negaron la reelección, conservaron su fórmula para seguir abasteciendo con cantidades indignantes de dinero a sus partidos; no abrieron el sistema para tener partidos minoritarios que no se amalgamen a los ya existentes ni regularon las candidaturas independientes. Además, ignoraron lo acontecido en 2009 y no le otorgaron valor jurídico al voto nulo. Para este proceso electoral no se escucha hablar demasiado del voto en blanco en las redes sociales, mucho menos en los medios convencionales. Fue hasta hace unos días que Javier Sicilia hizo un llamado para anular, en vista de que ninguna de las demandas del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad han sido atendidas. También Lydia Cacho menciona esa posibilidad en su último texto en este diario, asumiendo que quienes decidan anular “saben que mientras menos votos se registren, menos dinero entregará el IFE a los partidos en las próximas elecciones”. Desafortunadamente la suposición de Lydia no está contemplada en la regulación electoral. Hoy día el voto nulo en México no afecta el cálculo para definir las prerrogativas de los partidos políticos, ellos tienen asegurado su dinero mientras siga amarrado al número de ciudadanos que estemos registrados en el padrón electoral. La única repercusión que tiene anular el voto, actualmente, es que puede poner en riesgo el registro de los partidos pequeños. En caso de que el porcentaje de voto nulo fuera muy alto, Nueva Alianza, Movimiento Ciudadano, el PT o incluso el Partido Verde podrían verse afectados porque se elevaría el rango de voto válido, y con esto se incrementaría el número de votos que requieren para alcanzar el 2% que les permita conservar el registro. Así le sucedió en 2009 al afortunadamente extinto Partido Socialdemócrata. El miedo a que el PRI recupere la Presidencia será un elemento permanente de reclamo a quienes promuevan el voto nulo, porque no podemos negar que su efecto apuntala al partido que tenga mayor puntaje. Quizá el argumento que utilizamos en 2009 para insistir en que todos los partidos resultan indistinguibles tenga que ser matizado al menos revisando qué partidos y qué actores son los responsables de que no haya un solo avance del 2009 a la fecha. ¿Cuánto tiempo más estamos dispuestos a ser los votantes rendidos por la amenaza de que esto puede ser todavía peor? ¿Llegará el día en que acudamos a las urnas entusiasmados porque hay opciones reales para garantizar una transformación? Lo que sigue siendo un hecho es que nuestro voto como indecisos no expresará nuestra preferencia, sino simplemente nuestra asquerosa resignación.
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