lunes, 12 de noviembre de 2007

VIDAS SURREALISTAS

Hace unos días comí con algunos amigos en la Gruta del Edén. Lo pasamos muy bien, no sólo por que la comida árabe fue variada y demasiada, sino porque la conversación se tornó totalmente surrealista.
Supongo que el que algunas historias me parezcan raras, tiene mucho que ver con que mi referente de "lo normal" ha sido siempre muy acotado. Se lo debo quizá a mi uniforme de cuadros del colegio de monjas, o a mi familia materna tan apegada al discurso moral judeocristiano del bien y el mal. Y pues si, he de aceptar que eso es sumamente aburrido. Odio la simple idea de hacerlo público, pero creo que es así como iré desquebrajando el papel tapiz que cubre los muros de mis estereotipados referentes.
Escucho el transitó que han tenido otras personas en esta vida, en este mismo país y casi durante los mismos años que llevo habitando yo la tierra, y me doy cuenta de que las dosis de buena trama no están bien distribuidas. Hay que aceptar que la desigualdad gobierna todos los ámbitos de la vida humana. Aunque siempre me ha incomodado la desigualdad económica y social, nunca me había percatado de cuanto me estorba la idea de hay quienes tienen entre sus recuerdos episodios totalmente inverosímiles.
Sentí una profunda envidia al comparar mi tranquila, creíble y disciplinada existencia con la vida del primo de uno de estos amigos, que había pasado sus primeros 13 años sin asistir al escuela y viviendo en medio del bosque en una casa con forma de sueco gigante construida por su padre, hablaba con los adultos sobre la teoría del caos sin ninguna inhibición y cuando salió al mundo "real" decidió dedicarse a la danza contemporánea. Yo en cambio, a esa edad sólo reconocía el caos que provenía de mi nota en el examen de matemáticas, de la angustia que me causaba cualquier destello de acné sobre mi frente o viendo el resultado de un partido entre México y Argentina.
Alguien más contó a detalle lo acontecido al inicio y al final sus múltiples matrimonios, con mujeres de connotada astucia y como antecedente de su segundo o tercer compromiso, nos relató que el exnovio de su ahora exmujer, se había convertido en religioso sufí (musulmán derviche) y rezaba sin parar dando vueltas sobre su propio eje. Cuando la exmujer de mi amigo lo dejó, el hombre mareado y sin sentido decidió suicidarse una mañana en el metro.
En fin, siempre es más verde el pasto del vecino. Tengo más historias de aquella comida que ya les compartiré. Por lo pronto reivindico mi afán de creer en la reencarnación. Esa es la única posibilidad de que exista una distribución equitativa del drama y la creatividad. Por ahora supongo que a unos les toca vivirlo o morirlo y a otros nos toca escribirlo.
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