martes, 3 de junio de 2008

COBIJAS PESADAS

Conozco personas que amanecen despiertas. Sí, completamente despiertas. Brincan de la cama, cantan, ponen café, abren el periódico, buscan ropa para hacer ejercicio, salen a correr aún si el sol no ha aparecido. Cantan, chiflan o ponen música para desayunar. Y sus mañanas pueden ser placenteras y hasta exageradamente emocionantes.
Yo no tengo la suerte de ser una de esas. A mi el alma se me despierta un par de horas después que el cuerpo. Sobre todo estos días de vida nueva, en los que abro los ojos, tardo en reconocer el espacio y tardo un poco más en reconocerme a mi misma.
Lanzar las cobijas al suelo parece una odisea de titanes, las empujo con los pies mientras mis brazos caen sobre la cabeza, levanto los brazos y me siento hundida en la almohada. No hay manera, la incertidumbre pesa toneladas.
Para liberarme de la prisión de sábanas blancas, me ha funcionado pensar en lo quiero que suceda o más bien en lo que quiero que deje de pasar.  Basta de instituciones secuestradas, no mas simulación de justicia, alto a la consumación diaria de la desigualdad. Y aunque digan que lo que tengo en mente es imposible, que intentar cambiar lo establecido sin tener poder es una pérdida de tiempo, a pesar de que haya quien prefiera cuidar su coto de poder y convertirse en la masa amorfa de la política que no ofrece cambios reales, me siento responsable de que sea de otra manera. Mis piernas cobran fuerza y avientan lejos las cobijas. 
Me hubiera gustado saber que eramos más los que estábamos dispuestos a todo, aunque ello implicara perder prerrogativas. Sería mas fácil despertar sin tener que luchar con una bola de cobertores que cubren mi iniciativa, sin restar voluntades que han decidido claudicar. Como podía preverse, somos pocos, pero saber que habemos algunos cuantos es suficiente. 
Ya completamente despierta, entiendo que es momento de recomenzar. 




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