lunes, 7 de julio de 2008

CONTACTO

Para cumplir con los designios de la mujer que me tiró la suerte, me escapo con P de la lluvia citadina y aparcamos, (si leyeron bien, a p a r c a m o s) en un extenso jardín amurallado por el tepozteco. Aviento los zapatos. El pasto está fresco, casi mojado. P y yo nos sentamos debajo de un árbol de aguacates y vemos como las nubes escurren espesas sobre las montañas. Lloverá dentro de poco. Pero el sol espanta la neblina y conseguimos comer sin lluvia.
Los ojos azules de P leen preguntas difíciles. Ambas contestamos y ella con lápiz toma nota de las francas respuestas en su cuaderno de cartón. Esa es su intención, desechar cualquier rastro de confusión que me haga claudicar.
Terminando el café y la última cucharada del pastel de zanahoria, cuelgo mis brazos a un árbol. Alcanzo todavía a tocar el suelo con las puntas de los dedos de los pies. Siento que puedo columpiarme ahí por horas. El tronco está rasposo y raya la palma de mis manos.
Estoy lejos de todo y cerca de mi. Creo que me hablo, parece que algo me digo. Mis mejores oídos son una pluma y un cuaderno. Ahí confieso... Me pierdo en recuerdos atinados y desatinados, me enredo en incertidumbres, me deslizo en lo real de lo posible. El aire huele a lluvia y la lluvia sabe a tierra. Alcanzamos a resguardarnos en un sillón azul, en medio de libros de cocina y novelas policiacas. Con la tormenta llega la noche y nos trae de vuelta.
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