lunes, 3 de noviembre de 2008

OJO CON LOS OJOS


Hoy por la mañana me tallé el ojo frente al espejo, y no se cómo algo  se coló. Nunca supe que fue. Sentí que era un alfiler delgado y puntiagudo que se zambullía en mi párpado superior y me hacía casi dar de gritos. Tengo alto umbral del dolor para todo. Pero lo de los ojos, no se me da. Cuando voy en el periférico y veo un anuncio de gotas para ojos rojos, derramo más lágrimas que una llorona de velorio, así que los evado a toda costa. Tuve que contener mi desesperación y continuar con la rutina de la mañana. El afectado era el ojo derecho, me consolé pensando que si era dramático el diagnóstico, al menos no perdería mi visión de izquierda. Alisté a P, con algunos escurrimientos inevitables de leche, jugo y migajas por el suelo. Alguien se ofreció a llevarla por mi a la escuela. Quería hasta arrancarme el ojo, con tal de dejar de sentir ese martirio. Me acosté otro rato para dar tiempo a que el oculista llegara al consultorio. Me quedé dormida, soñé que sólo veía un lado de las cosas, me perdía por completo la posibilidad de completarlas y decidía no salir nunca más de mi cama, por la frustración. Desperté y la astilla gigante no estaba en mi ojo, ni en la almohada, ni en el mundo de las cobijas. Acudí de todas formas al oculista para garantizar que la amenaza estuviera aniquilada. Ya veo bien y aunque el ojo me quedó un poco raspado, me siento afortunada de poder ver las cosas en su correcta dimensión.
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