domingo, 28 de diciembre de 2008

Prohibido jugar pelota


Ese letrero lleva en la reja del edificio donde viven mis padres, desde que tengo 10 años. Ahora volví a ponerle atención y recordé algunas cosas. Una tarde que jugábamos "quemados", el Sr. Martínez (la albóndiga con patas) nos quitó la pelota, después de que golpeara la ventana de la Zabludowsky (la señora más chismosa) y el coche de un señor francés que siempre nos regañaba, asegurando que el reglamento de condóminos prohibía su uso. 
Organicé una reunión en la fuente, con los niños de los cuatro edificios (A, B, C y D) y después de muchos dimes y diretes elegimos representante. Los hombres eran mayoría, pero las niñas conseguimos que me nombraran representante también y nos presentamos como tales en la junta de condóminos. Los adultos nos enseñaron el reglamento e insistieron que podíamos jugar cualquier otro juego que no dañara los autos y las ventanas. Pero se nos prendió el foco cuando vimos al francés paseando con su perro. Resulta, que el reglamento prohibía también tener mascotas, pero quienes las tenían no lo respetaban. 
Al día siguiente nos manifestamos gritando y dando vueltas infinitas en el estacionamiento, con cartulinas que decían "si no hay pelota, no hay perros". El Sr. Francés representaba al A y la Zabludowsky al B, tenían 2 votos y el apoyo del administrador.
Asistimos a cuatro juntas más y conseguimos que nos permitieran jugar pelota en algunas áreas restringidas haciéndonos cargo de los daños que causáramos.  Ahí aprendí dos grandes cosas: que organizados teníamos incidencia en las decisiones y que las minorías teníamos iguales derechos. Pero también me dí cuenta que las reglas son modificables sólo cuando afectan los intereses de quien decide sobre ellas. 

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