sábado, 2 de mayo de 2009

El libro que lee


Ya lo había pensado antes, pero ahora lo confirmo. No soy yo la que lee el libro, el libro me lee a mí. A partir de la página 357 de la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (Haruki Murakami) siento que mis ideas están  monitoreadas. Tomo el libro justo para escparme un rato de ellas y como en un diálogo autoritario del que no puedo escabullirme Tooru Okada y May Kasahara me adivinan los miedos, me encuentran después de dos párrafos, escondida en rincones para no pensar. Pero una vez que dan conmigo pierdo la capacidad de resistirme.

El pensamiento que ayer me hacía esconderme bajo mi lámpara de noche y resguardarme en la novela de Murakami, era la idea de la muerte cuando se asoma de puntitas en el cuarto de hospital (con virus silenciosos e invisibles) o cuando los finales de nuestras historias generan duelos idénticos a los de la muerte. 

-Es decir..., lo que creo es que el hombre piensa en el significado de la vida porque sabe con certeza que se va a morir algún día. ¿No te parece? ¿Quién se tomaría en serio el hecho de estar vivo si viviera eternamente? ¿De dónde surgiría esta necesidad? Aun suponiendo que la tuviera, uno acabaría diciendo: Todavía tengo muchísimo tiempo. Ya pensaré en ello más adelante. Pero eso, en la realidad, no es así. Nosotros debemos pensar en este instante, aquí y ahora. Mañana por la tarde quizá muera atropellada por un camión. Quizá dentro de tres días tu mueras de hambre  y de sed en el fondo de este pozo. ¿No es así? Nadie sabe lo que va a ocurrir. Por eso nosotros para evolucionar, necesitamos la muerte. Eso es lo que creo. Cuanto más viva y gigantesca se a la presencia de la muerte, más pensaremos en ella...


Otro de los pensamientos que me visita ultimamente, es dudar si la disposición de convertirnos en algo diferente a lo que somos, puede ser más fuerte que nuestra escencia. Ya he tenido diálogos con ALguien al respecto y aunque aveces me convence de que puede ser así, después  no estoy tan segura.

May Kasahara le advierte-  "Por más que creas que has logrado un nuevo yo, por más que te hayas familiarizado con ese nuevo yo, bajo esta fachada permanece tu yo original y a la mínima, se asomará diciendo: ¡Hola! ¿Acaso no lo entiendes? Tu eres algo hecho en otra parte. Y por lo que respecta al propósito de cambiarte, también esa idea está hecha en alguna otra parte. Señor pájaro-que-da-cuerda, tú eso no lo entiedes. ¿Por qué no podrás comprenderlo tú que eres adulto? No entiendes es un grave problema, sin duda. Como por ejemplo, el mundo al que quisiste renunciar; el yo al que quisiste cambiar. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?... 
El hombre que era yo, a fin de cuentas, había sido hecho en alguna otra parte. Y todo venía de otra parte y luego volvía a irse a otra parte. Yo no soy más que un simple camino por donde pasa el hombre que soy".

Y no acostumbro a usar reloj,  pero he adquirido una obsesión agotadora (ver la blackberry cada 20 minutos) que en busca de ruido, de mensajes, de vida compartida, de seguimiento a las últimas noticias del día, me tiene amarrada. Aún dejándola en casa o guardada en la mochila la tengo presente todo el tiempo.

"Volvía a mirar el reloj. Las siete treinta y seis. Habían pasado ocho minutos desde que lo había consultado por última vez. Solo ocho minutos. Me quite el reloj y me lo acerqué al oído, funcionaba. En la obscuridad, me encogí de hombros. Había ido perdiendo la noción del tiempo. Decidí no mirar más el reloj. Aunque no tuviera nada más que hacer, no era sano comprobar tanto la hora. Pero no hacerlo requería un gran esfuerzo. Parecido al sufrimiento que había experimentado al dejar de fumar. Pese a haber decidido olvidarme del tiempo, no hacía más que pensar en él. Era una especie de contradicción, de esquizofrenia. Cuanto más deseaba olvidar el tiempo, más me obsesionaba con él. Antes de darme cuenta mis ojos ya estaban dirigiéndose al reloj de pulsera en la muñeca izquierda. Cada vea que sucedía desviaba la cabeza, cerraba los ojos y me esforzaba en no mirar. Al final me quité el reloj y lo arroje dentro de la mochila. A pesar de ello mí cconciencia estuvo pendiente de la existencia de aquel reloj que continuaba marcando la hora dentro de la mochila.

Y la noche avanza y nada me esconde de mi misma. Entre más leo más me encuentro.




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