jueves, 7 de enero de 2010

Simona, Lola y Mandarina en mi imaginación

Hace un par de noches me despedí en la imaginación de Simona, de su pelo negro y brillante, de su sonrisa colmilluda, del salivado incontrolable que se activa con el ruido del papel celofán de las envolturas de galletas y jamón, de sus intempestivos brincos tan altos como su felicidad. De su ilusión por los charcos, de su mirada solidaria. 
Le dije adios a Mandarina, a su suave pelo amarillo y su enroscada cola casi anaranjada. Sus patas de callejera con uñas multicolores. Su cuerpecito escuálido tan delicado como sus pasos rítmicos que la hacían parecer bailarina en puntitas. Sus ojos hasta empalagosos por dulces y su compañía atemorizada y respetuosa.  
Abracé a Lola, que corre valiente con tres patas como si nunca hubiera perdido la cuarta. Me despedí de su nariz mojada, de sus babas escurridizas, de su cola de pincel blanco, de los controles de tele mordisqueados, de los ojitos alegres con los que habla en silencio.
No tendremos más ratos juntas. Les deberé las papas de Mc Donalds y los twistlers de cereza.
Pero seguirán  las tres explorando construcciones, corriendo sobre verdes pastos y durmiendo patas sobre patas en la tina verde que algún día les regalé.



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