jueves, 7 de abril de 2011

moscas y dragones


Elegí una libélula porque suponía que sería difícil ver una pronto. Prometí que al momento de verla estaría totalmente alerta de los sonidos, de lo que se movía, de lo que se detenía. Me comprometí a que nada me pasara desapercibido cuando la mosca en su vestuario de dragón volara frente a mí. Llegó tan instantáneamente como llega lo que no se espera. Arqueada en dos patas sobre mi taza de café, se sostuvo un par de segundos. Brillaba naranja y destilaba amarillo. Cuando se fue caí en cuenta de que no había prestado atención a nada más. No escuché, no aspiré olor alguno, no pase saliva, ni cerré los ojos, no emití palabra. No me morí, porque aquí sigo, pero puedo decir que me quedé sin vida ese rato. Perdí la consciencia. Se me fue la memoria. Y a partir de ahí solo recuerdo el presente.
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